El juego en la literatura: 7 novelas que retratan el casino, la ruleta y la apuesta
Pocos escenarios han dado tanto a la novela como una mesa de juego. En el casino cabe todo lo que interesa a un narrador: el dinero que cambia de manos en segundos, la superstición, la mentira que uno se cuenta a sí mismo para seguir apostando y el momento exacto en que un personaje se pierde.
Algunos de los autores que mejor lo contaron sabían de qué hablaban. Dostoievski escribió su novela sobre la ruleta para pagar deudas de ruleta. Mario Puzo pasó más horas en las mesas de Las Vegas de las que le habría gustado admitir. No es casualidad que sus jugadores suenen tan verdaderos.
El decorado ha cambiado desde entonces. Hoy la ruleta gira en el móvil, y en mercados como el chileno, donde el juego por internet crece más rápido que la ley que debe regularlo, medios generalistas como El Mostrador publican guías de casinos online chile para orientar al lector entre decenas de plataformas. Pero la pregunta que se hacían estos siete novelistas sigue siendo la misma: ¿qué le pasa a una persona cuando pone su suerte encima de una mesa?
1. El jugador, de Fiódor Dostoievski (1866)
La novela sobre el juego por excelencia, y también la más honesta. Dostoievski la dictó en 26 días a una taquígrafa, Anna Snítkina, para cumplir un contrato leonino con su editor: si no entregaba a tiempo, perdía los derechos de toda su obra durante nueve años. Necesitaba el dinero porque lo había perdido en los casinos de Wiesbaden y Baden-Baden.
Alexéi Ivánovich, preceptor en casa de un general arruinado, descubre la ruleta en la ciudad balneario de Ruletenburgo. La escena de la abuela, que llega de Moscú y se deja una fortuna en el cero en una sola tarde, es una de las mejores descripciones que existen de cómo funciona la cabeza de un jugador: primero gana, luego persigue lo perdido y al final ya no juega por dinero. Dostoievski se casó con la taquígrafa y siguió jugando varios años más.
2. La dama de picas, de Aleksandr Pushkin (1834)
Un relato largo más que una novela, pero imposible dejarlo fuera. Hermann, ingeniero alemán al servicio del zar, nunca juega. Mira las partidas de faraón sin tocar una carta hasta que oye la historia de una anciana condesa que conoce una combinación de tres cartas que gana siempre.
Lo que sigue es una espiral de obsesión, un susto que acaba mal y un final en el que la última carta no es la que debía ser. Pushkin condensa en pocas páginas la idea de que la apuesta perfecta no existe y que quien cree tener un sistema ya ha perdido. Chaikovski convirtió la historia en ópera en 1890.
3. La piel de zapa, de Honoré de Balzac (1831)
La novela arranca en una casa de juego del Palais-Royal de París. Rafael de Valentin entra con su última moneda de oro, la pierde en la ruleta y sale decidido a tirarse al Sena. Por el camino entra en una tienda de antigüedades y encuentra una piel mágica que concede deseos a cambio de años de vida.
Balzac dedica las primeras páginas a describir la sala: el empleado que guarda los sombreros, los jugadores viejos que ya no sienten nada, el silencio. Es la mejor radiografía del ambiente de un casino de principios del siglo XIX, y sirve para entender por qué la ruleta fue prohibida en Francia poco después.
4. Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig (1927)
Montecarlo, años veinte. Una viuda inglesa de mediana edad observa en el casino las manos de un joven que está perdiendo hasta la camisa. Solo las manos. Zweig no describe la cara del jugador ni las fichas, describe cómo se crispan y se relajan unos dedos al ritmo de la bola.
Es la novela corta que mejor cuenta el juego desde fuera, desde quien mira. La señora C. intenta salvar al muchacho, y las veinticuatro horas del título son las que tarda en darse cuenta de que la ludopatía no se cura con dinero ni con buenas intenciones.
5. Casino Royale, de Ian Fleming (1953)
La primera novela de James Bond es, sobre todo, una partida de bacará. Bond tiene que arruinar a Le Chiffre, tesorero de una red soviética, en las mesas del casino de Royale-les-Eaux. Fleming explica las reglas del chemin de fer con detalle, describe la banca, la mesa y el ritual, y luego hace que Bond pierda todo.
El rescate llega de un agente de la CIA que le pasa un sobre con dinero. La película de 2006 cambió el bacará por el póker Texas Hold’em porque el público ya no entendía el juego original, un buen indicador de cómo han cambiado los gustos en las mesas de casino en medio siglo.
6. Los tontos mueren, de Mario Puzo (1978)
Después de El padrino, Puzo escribió la novela de Las Vegas. El hotel Xanadu, sus salas, sus jefes de sala y sus tramposos ocupan la mitad del libro. Merlyn, el narrador, empieza como jugador de dados y termina viendo el casino desde dentro, con las cámaras, las comisiones y las deudas que se cobran de formas poco amables.
Puzo había publicado el año anterior un ensayo, Inside Las Vegas, y se nota: los detalles sobre cómo un casino gestiona a un ganador, a un perdedor y a un adicto son de alguien que ha estado en las tres situaciones.
7. La música del azar, de Paul Auster (1990)
Jim Nashe hereda dinero, lo gasta conduciendo sin rumbo por Estados Unidos y, cuando le quedan unos miles de dólares, recoge a un jugador de póker profesional, Jack Pozzi, que le propone una partida segura contra dos millonarios excéntricos. La pierden, claro.
Lo que viene después no ocurre en ningún casino: para saldar la deuda, los dos tienen que levantar un muro de piedra en una finca. Auster convierte la apuesta en una parábola sobre el azar y la libertad, y es probablemente la novela más inquietante de esta lista, porque el castigo no tiene nada que ver con el dinero.
Lo que estas novelas tienen en común
Ninguno de estos escritores trata el juego de azar como un vicio de tontos ni como un pasatiempo inofensivo. Lo tratan como una prueba de carácter: lo que un personaje hace cuando gana dice menos de él que lo que hace cuando pierde.
La ruleta de Ruletenburgo y la app del móvil funcionan con las mismas matemáticas, y el jugador que las abre sigue siendo el de Dostoievski. Por eso estos libros no envejecen. Cambian las fichas, no las manos que las mueven.






